Por Jorge Yeshayahu Gonzales-Lara
En el corazón de toda sociedad late una verdad incómoda: sin voces libres no hay democracia posible.
Durante siglos, el periodismo encarnó esa voz colectiva que denunciaba abusos, iluminaba las sombras del poder y nos recordaba que la palabra puede ser tan poderosa como cualquier arma. Hoy, en pleno siglo
XXI, esa tarea ha encontrado nuevos aliados y también nuevos riesgos.
A los periodistas de redacción y reporteros de calle, herederos de un oficio marcado por la ética y la búsqueda de la verdad, se han sumado los comunicadores sociales que, desde las redes y plataformas de streaming, construyen una nueva esfera pública. Ambos, con distintos lenguajes y recursos, comparten la misma trinchera: defender la libertad de opinión y el derecho ciudadano a estar informado.
Entre la sala de redacción y el algoritmo
El periodista tradicional se mueve bajo códigos claros: ética profesional, contraste de fuentes, verificación y rigor. Su palabra pasa por editores, por normas y por la responsabilidad de un medio. El comunicador digital, en cambio, transmite en vivo desde un celular, conversa en un podcast, abre debates en streaming. No necesita credenciales oficiales; su capital es la audiencia que lo sigue y comparte su mensaje.
La diferencia, sin embargo, no elimina la semejanza: ambos arriesgan su voz frente a la censura, el acoso digital o la descalificación política. Ambos defienden un bien común: la posibilidad de que la sociedad se informe y decida con libertad.
La plaza pública virtual
Las redes sociales y el streaming son hoy la plaza pública del mundo contemporáneo. Allí circulan denuncias, opiniones y debates con una velocidad inigualable. Esta democratización de la palabra abrió
oportunidades inéditas: ciudadanos que antes eran receptores pasivos se han convertido en emisores activos, capaces de viralizar un mensaje, derribar una mentira o denunciar un atropello en cuestión de minutos.
Pero ese espacio también es frágil. El algoritmo privilegia el impacto emocional por encima de la veracidad y la frontera entre información y desinformación se difumina. En ese terreno movedizo, los comunicadores sociales actúan como mediadores culturales, oscilando entre la frescura de la inmediatez y el riesgo de la especulación.
Libertad de expresión: un derecho en disputa
Tanto periodistas como comunicadores enfrentan ataques, censura y campañas de desprestigio. Desde el insulto en redes hasta amenazas más graves, el objetivo es siempre el mismo: silenciar. Pero cada vez que se apaga una voz, se mutila un pedazo de la democracia. La libertad de opinión y expresión no se defiende sólo en los tribunales, sino en el día a día de quienes deciden hablar, escribir o transmitir, aun sabiendo que el costo puede ser alto. En el corazón de toda sociedad late una verdad incómoda: sin voces libres no hay democracia posible. Durante siglos, el periodismo encarnó esa voz colectiva que denunciaba abusos.
iluminaba las sombras del poder y nos recordaba que la palabra puede ser tan poderosa como cualquier arma. Sin embargo, el siglo XXI ha transformado profundamente ese escenario. Junto a los periodistas de redacción y reporteros de calle, emergieron nuevos protagonistas: los comunicadores sociales que, desde redes y plataformas de streaming, ocupan hoy un espacio decisivo en la formación de la opinión pública
Libertad de expresión bajo amenaza
Las cifras estremecen. Según Reporteros Sin Fronteras, entre 2003 y 2022 fueron asesinados 1 668 periodistas en todo el mundo, un promedio de más de 80 por año. La UNESCO advierte que, desde 2006
1992, el CPJ ha documentado más de 2 253 asesinatos de periodistas vinculados a su labor.
Estas cifras no son solo números: son voces silenciadas, proyectos truncos, sociedades privadas de la verdad. La estadística se convierte en un memorial colectivo que recuerda cuán alto sigue siendo el precio de informar.
La voz como bien común
El futuro de la comunicación se juega en esa intersección: la profesionalidad del periodismo y la inmediatez de los comunicadores sociales. Ambos encarnan el derecho colectivo a la palabra. Defenderlos es defendernos como ciudadanos, como comunidades y como sociedades que aún creen en la fuerza
Porque cuando se apaga la voz de un periodista o de un comunicador, no solo muere una persona: muere también un fragmento de nuestra democracia.



